En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad,
pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer,
cuando apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del
horizonte seguía negro como el carbón. Escapábamos hacia un sitio donde nadie
ni nada podía hacernos sentir ningún otro sentimiento más que felicidad,
huíamos de un calor inexplicable y saciábamos nuestra sed con aquel agua. Un
lago precioso, con montañas en su lejanía y la mejor paz que pudiese respirar
nunca, era un lugar magnífico. Pocas
personas conocían el encanto de Texas como lo conocíamos nosotros.
Yo, Emily Thompson, y Elliot Hamilton, compartíamos allí
los mejores momentos de nuestras vidas. Y después de ver la puesta de sol,
cuando aún el calor no era insufrible, volvía a casa tan rápido como me lo
permitían mis pies. Llegaba a casa y rápidamente me metía en la cama. Tenía
suerte de que aún nadie supiera absolutamente nada y mantuviera nuestras escapadas
en secreto. Una vez volvía a abrir los ojos, despertaba en la realidad otra
vez, estaba en la rutina, y lo único que quería era volver a dormir para ir a
aquel lago y explicarle mis aventuras a Elliot, era mi diversión preferida y lo
sería durante mucho tiempo.
Estuve cuatro años compartiendo mis aventuras y
experiencias en el colegio y con la familia, compartiendo toda mi vida con
Elliot. Pero después de los 16, las cosas fueron diferentes, yo crecí pero él
no. No hablo de un crecimiento mental, claramente él había evolucionado tanto o
más que yo, pero físicamente seguía siendo igual. Nunca entendí el porqué de
aquel hecho, seguía siendo un niño tal como lo había conocido. Opté por
preguntar, y pregunté.
La duda me recorría por todo el cuerpo, no podía vivir
con tal curiosidad. Así que durante el camino al lago en la noche siguiente,
dudosa decidí comentarle. Cuando llegué hablamos como era de costumbre, y
comentamos mil cosas, realmente nada había cambiado, más que mi forma de verle
por su aspecto. Entonces lo solté, le expresé mi gran duda y respondió. Me dijo
que había cosas que nunca había explicado y creía que ya era hora para
comentarlas. Lo dijo sin dudas, era un ser muerto, no sabía exactamente qué,
pero no tenía vida en su interior más que la que yo le daba. Me quedé perpleja,
tanto tiempo juntos y apenas conocía su ser. Entonces entendí varias cosas, a
las cuales jamás había dado sitio en mi mente.
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